Sentado bajo una encina, una cualquiera de los bonitos ejemplares que integran las dehesas de la provincia de Cáceres, se me antojan numerosas historias del pasado, de aquellos que vivieron por y para la tierra y nos legaron este paraíso natural, perfecto ejemplo de desarrollo sostenible, de lo que debe ser la transformación de la tierra y el paisaje de forma armónica, sin romper ningún eslabón del ecosistema…

Mientras camino por la dehesa, en mi imaginación se escuchan los sonidos de los antiguos aperos, de los animales de carga, de las merinas, de las piaras de cerdos comiendo las sabrosas bellotas…

Dicen, aquellos que por primera vez visitan nuestra provincia, que los paisajes quedan grabados en la retina y jamás se olvidan. Sorprendidos por el abrupto relieve del norte, que esconde mágicos rincones, el aficionado al senderismo puede adentrarse en los bosques de castaños, que intensamente verdes en primavera, deciden cambiar sus aroma y color en otoño, cuando la paleta del pintor se enriquece con nuevas tonalidades, reflejando una amplia gama de matices rojos, ocres y verdes. Es entonces cuando las castañas abandonan la protección de sus madroños y siembran el bosque de un olor especial, y desde las entrañas de la tierra brotan las setas, como un regalo más de la Madre Naturaleza que los amantes de la gastronomía saben apreciar en numerosos platos.

Caminar entre centenarios castaños como El Abuelo, en las Villuercas, mientras se realiza la ruta de Isabel la Católica, desde Cañamero a Guadalupe, recorrer el castañar de los Gallegos, en Hervás, durante la celebración del Otoño Mágico, avistar grullas a partir de noviembre en el embalse de Borbollón, en Sierra de Gata, disfrutar de un relajante baño en las gargantas de La Vera, Las Hurdes, El Valle del Jerte, recorrer los miradores del Parque Nacional de Monfragüe, navegar por el Tajo en barco dentro del Parque Natural Tajo Internacional y adentrarse en la Sierra de San Pedro para asistir en primera persona a la impactante berrea que tiene como únicos protagonistas a los venados en el escenario adehesado, son experiencias altamente recomendables para quien decida disfrutar de unos días en la provincia de Cáceres.

Si los paisajes cacereños provocan sorpresa a quien los descubre, no menos sensaciones experimenta el viajero cuando callejea por pueblos con encanto, admirándose de la arquitectura de entramado de madera, realizada por gente amable y cercana, orgullosa de su obra, de su legado; arquitectura popular que origina atractivas calles recorridas por regatos, callejuelas a veces imposibles, de trazado sinuoso, como ocurre en el Barrio Judío de Hervás, en Robledillo de Gata o en La Puebla de Guadalupe, donde la arquitectura popular se da la mano con la monumental en el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, Patrimonio de la Humanidad, magnífico guardajoyas del mudéjar y de innumerables muestras de arte pictórico, escultórico, orfebrería, libros miniados…conjuntos históricos repartidos por toda la geografía cacereña: Cáceres es visita obligada e imprescindible, Patrimonio de la Humanidad, ciudad monumental resultado del paso de cristianos, judíos, musulmanes… sobrecogedora en su Semana Santa, ante el paso de cofradías penitenciales que portan imágenes tan emblemáticas como Jesús Nazareno o el Cristo Negro; Trujillo y sus palacios, tierra de conquistadores, Plasencia y la catedral…Alcántara y su emblemático puente romano, espectacular, firme y desafiante con el paso de los siglos.

Descubrir nuevos lugares es más placentero si lo acompañamos de exquisitos manjares, algunos representados en las Denominaciones de Origen e Indicaciones Geográficas Protegidas: jamón Dehesa de Extremadura, Cereza del Jerte, Pimentón de la Vera, Torta del Casar, Queso Ibores, Cordero de Extremadura, aceite Gata-Hurdes, Ternera de Extremadura, vino Ribera del Guadiana y Miel Villuercas-Ibores… gastronomía que emplea sencillos productos procedentes del campo que, durante muchas centurias, formaron parte de la subsistencia diaria. Las materias primas, las mismas que utilizaron nuestras abuelas y sus madres pero, actualmente, sacándoles mayor partido explicando la historia de los productos, su tradición, el por qué de los mismos y muy importante, el juego que se establece con las texturas y los sabores.

Y paralela a esta cocina casera que formaba parte de la dieta diaria, se desarrolla en la provincia un recetario más culto y refinado, la cocina conventual, heredada de las Órdenes Militares, que da lugar a platos tan famosos como las perdices al modo de Alcántara; la cocina de los monarcas que recibimos fundamentalmente con la presencia de Carlos V en Yuste: platos de caza, los salazones, o el pimentón comienzan su andadura en la provincia gracias al Emperador. De hecho, el afamado Pimentón, que actualmente cuenta con la Denominación de Origen “Pimentón de La Vera” fue introducido en España, tras la conquista de América, en el Real Monasterio de Guadalupe. Los monjes guadalupenses comenzaron a utilizarlo pero, poco después, fue introducido en el Monasterio de Yuste, donde los religiosos lo cultivaron y emplearon primeramente para conservar embutidos y posteriormente utilizado como aderezo de guisos. Hoy día, el “Pimentón de La Vera” sigue siendo elaborado artesanalmente en los procesos de secado y ahumado, otorgando un aroma, color y sabor único a los platos. Así, las migas o el frite no son lo mismo sin la presencia del “oro rojo” en sus guisos.

Al menos una vez en la vida hay que descubrir Cáceres y su provincia porque seguro que esa visita deja puertas abiertas que invitan al viajero a venir de nuevo, porque siembra ese regusto que incita a volver a probar, a disfrutar de lo apredido, a interesarse por lo desconocido, a sorprenderse de las nuevas experiencias, de sus fiestas, su artesanía, su gastronomía, los museos, los miradores, las montañas, las dehesas siempre eternas, siempre esperándote para regalarte sus colores y olores, su historia, sus sonidos…